Cuestión de fe

En Argentina hay más creyentes que hace 30 años. Pero a la par se percibe una pérdida de fieles practicantes en el catolicismo, constitucionalmente la religión oficial de nuestro país. Lo que distancia y lo que acerca a la gente a la Iglesia, según los especialista.

Por Nicolás Sagaian. Revista El Cruce, agosto de 2010.- La Iglesia católica transita un período de transformación notable. Lejos de los pronósticos apocalípticos del siglo pasado que vislumbraban la progresiva desaparición de las creencias, en el marco de una gradual secularización de la sociedad, lo religioso ha mutado a través de múltiples manifestaciones, siempre demostrando su inescrutable persistencia. En ese escenario, la propagación de los movimientos de culto y la pentecostalización de los dogmas, en Argentina, se funden con el inocultable distanciamiento entre los files cristianos y la institución por discrepancias, falta de fe o simple indiferencia.

Si bien el catolicismo continúa dominando el mapa religioso local, con un 80 por ciento de adeptos, de acuerdo a estadísticas del Arzobispado, sólo el 10 por ciento de esa totalidad concurre a misa y mantiene una religiosidad practicante: cada vez menos parejas se casan por Iglesia (en Buenos Aires la cifra disminuyó un 30 por ciento) y cada vez son más los que han dejado de comulgar, bautizarse o tomar la comunión, según relevamientos privados que dan cuenta del fenómeno, convertido en tendencia, que preocupa a todo el mundo eclesiástico.

La inquietud es tal que en la última Cumbre de Obispos Latinoamericanos y del Caribe el tema excluyente fue ese: cómo frenar la sangría de fieles en la religión. En uno de los documentos finales de ese cónclave, la cúpula clerical resaltó la necesidad de emprender una potente “misión evangelizadora” y se mostró “preocupada” por los lineamientos a tomar frente a este naciente panorama social. Como queda claro, la Iglesia como institución está teniendo problemas para preservar su valor simbólico, es decir, la hegemonía que en algún momento supo detentar, y con ese telón de fondo, se encuentra en medio de grandes encrucijadas.

Dispersión y ortodoxia

En los últimos 15 años se inscribieron en el Registro de Cultos, alrededor de mil nuevas corrientes. Como el país sostiene el culto católico, tal como lo resalta el artículo 2 de la Constitución Nacional, en ese banco de datos sólo deben inscribirse los demás movimientos religiosos. Allí están anotadas 3.634 entidades, casi mil más que en 1990 (eran 2.716). Eso quiere decir que en las últimas dos décadas se inscribió en promedio un nuevo movimiento cada seis días, una tendencia que habilita nuevas miradas sobre la Argentina creyente.

“Lo que se quebró es el monopolio católico sobre las creencias y en su lugar está surgiendo un pluralismo religioso que se manifiesta sobre todo en el crecimiento del evangelismo pentecostal”, afirma Fortunato Mallimaci, investigador del Conicet y docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Esto quiere decir que la pérdida de fieles no implica una baja en los niveles de religiosidad, al contrario. En su libro Valores culturales al cambio de milenio, la socióloga Marita Carballo refleja este proceso cuando asegura que en 1984 el 62 por ciento de los argentinos se consideraba una persona religiosa y que casi veinte años después el número se hinchaba a un 81 por ciento.

¿Qué pasó y qué pasa, entonces, con la Iglesia tradicional? Para José María Poirier, licenciado en Filosofía y director de la revista católica Criterio, la Iglesia está teniendo problemas para mantenerse en medio de las mutaciones sociales: “Hoy la sensibilidad frente a los valores se modificó, y la institución está teniendo inconvenientes para adaptarse a ese cambio. La gente se preocupa por temas puntuales como la ecología, la sexualidad, la corresponsabilidad para una sociedad más justa, y la Iglesia no logra erigirse como referente de estos nuevos valores”.

La considerable “fuga del catolicismo” da cuenta de ello. En los últimos cincuenta años, a nivel continental, se produjo una pérdida del 20 por ciento de fieles, según datos del Consejo Episcopal. Por fuera de estas cifras reconocidas por la Curia, no hay otros indicadores que permitan medir la evolución de la fe católica o su intensidad en el país. Lo más cercano a una estimación está en los registros del Anuario vaticano: un libro que tiene el grosor de dos biblias que se confecciona anualmente en Roma y que registra, por diócesis, los bautismos, las comuniones, las confirmaciones y los casamientos que se dieron en todo el mundo, a lo largo de un año.

En la Argentina hay sólo dos anuarios: uno lo tiene el arzobispo (sólo él puede consultarlo) y el otro solía estar en la Universidad Católica Argentina, supuestamente a disposición del público. A pesar de los insistentes pedidos para realizar esta nota, resultó imposible acceder a ese segundo ejemplar: figuraba en el inventario, pero en los hechos nunca apareció.

Más allá de eso, en medio de toda esa transformación, la Iglesia como institución se ha volcado marcadamente hacia la ortodoxia. La postura adoptada por la estructura de poder, desde Juan Pablo II hasta el actual Santo Padre, Benedicto XVI, se caracterizó por una defensa cerrada de un rigor teológico que no admite disensos respecto a las tradicionales escrituras. Mientras tanto, también existe dentro de ese seno, un grupo grande de clérigos que pretenden encontrar otros caminos, nuevas formas de enseñanza, para elevar su mirada misionera de acuerdo a la actual heterogeneidad existente en la sociedad.

En este punto es donde surge una tensión ideológica. “Por un lado, están quienes reconocen la mayor autonomía de conciencia y de decisión de los individuos, y quieren redefinir las estrategias. Por otro, muchos obispos que visualizan un deterioro cultural fruto de esa modernidad y promueven reforzar el mensaje doctrinario invariable”, explica el padre Eduardo De la Serna, coordinador grupo de curas en opción por los pobres. En ese sentido el sacerdote apunta que la frontera entre una y otra actitud es difusa. Aunque esta elasticidad, inclusive en los núcleos de poder, da cuenta de la compleja realidad en la que el catolicismo está envuelto.

Religión y poder

Frente a todo este proceso, ¿es posible pensar que la Iglesia está perdiendo poder? “Es difícil decirlo. El binomio Iglesia-poder político no se ha roto en ningún momento de nuestra bicentenaria historia. Claro que se ha tensado, pero siempre se mantuvo unido”, señala el periodista y especialista en temas católicos Washington Uranga. Lo mismo sostiene el cura De la Serna que va mucho más allá y asegura que “la Iglesia en su jerarquía eclesial no sabe despegarse con libertad de los gobiernos, más allá de sus posturas teóricas”.

La unión es tal que, por “libre interpretación” de la Constitución Nacional, el Estado le realiza aportes a la Iglesia Católica por casi 18 millones de pesos al año. Si bien el artículo segundo de la Carta Magna sólo dice que el Estado debe “sustentar” el culto católico apostólico romano, hasta el momento la única lectura que se hizo de su contenido se relacionó exclusivamente con el respaldo económico, a través de exenciones y desgravaciones impositivas por sus actividades y patrimonios.

A saber, el dinero previsto para cada año se utiliza, entre otras cosas, para pagar la jubilación de los sacerdotes, las canonizaciones, el mantenimiento de parroquias y la visita de algunos miembros de la jerarquía al Vaticano. Aparte de esos fondos, está el dinero destinado a subvencionar colegios confesionales, que reciben del Estado entre el 80 y el 100 por ciento de la plata necesaria para pagar los sueldos de los maestros y profesores.

En este punto, además, el sociólogo Juan Cruz Esquivel afirma que el poder de la institución no se genera sólo en su relación con el Estado. “Naturalmente la Iglesia católica ha ocupado un rol fundamental en los procesos políticos. Por eso, también hay que prestarle atención a las relaciones que mantiene con grupos económicos, empresariales y mediáticos, como se notó claramente a principios de abril cuando la cúpula del episcopado buscó elaborar un documento político sobre la realidad argentina y la pobreza”, recuerda el especialista.

Claro está que históricamente la Iglesia Católica se ha constituido como una de las principales fuentes de legitimidad de los procesos políticos y sociales. Sin embargo, sobre este aspecto hay múltiples análisis de los expertos e involucrados en la materia. Para Mallimaci, “a medida que la entidad católica va cayendo en la cuenta que pierde su incidencia en la sociedad, busca compensar ese desgaste con una mayor presencia en los debates partidarios, suponiendo que una presencia en el espacio público la permitirá mantenerse en el centro de la escena”.

En cambio, para Poirier la situación no es tan radical. “Lo que sucede en este aspecto es que la institución está en un proceso de transformación como todas las instituciones producto de los cambios culturales”, considera el filósofo y vuelve a resaltar que la mayoría de las modificaciones hacia adentro y hacia fuera se producen debido a que “actualmente existen diversos tipos de religiosidad”.

Fe cercana y a la carta

Una mirada rápida que pueda remontarse cuarenta años atrás nos devuelve cambios sensibles en materia religiosa. Lo que alguna vez se vivió desde la jerarquía eclesiástica y desde algunos sectores laicos como “una invasión de sectas”, hoy es muestra de una evidente multiplicación de grupos religiosos, tangible en la propagación de los lugares de culto no católicos. Para dimensionar esa expansión actual bastan sólo dos datos: los católicos poseen, según cifras de la Conferencia Episcopal, 11.557 parroquias, iglesias, capillas y santuarios. Y los evangélicos suman, de acuerdo a estimaciones de la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas, unas 12.000 sedes, a las que asisten cuatro millones de fieles.

De esta forma, alrededor del 8 por ciento de las personas del país pertenecen a los movimientos pentecostales que abarcan casi tres cuartos del abanico de opciones no católicas. Tan sólo basta con mirar de forma dispersa en cada uno de los barrios de Buenos Aires para ver que se ha abierto al menos una Iglesia de este tipo. El espacio restante se lo reparten entre grupos umbandistas (hay más de 300), espiritistas (355) y judíos (127) entre otros.

“Aquí es donde se entiende gran parte de la reconfiguración de las creencias. La gente busca en la religión lo mismo que buscó siempre: que el mundo sobrenatural lo ayude en lo cotidiano. Pero hoy los grupos que crecen más son los que enfatizan el contacto personal con el mundo espiritual, el calor, la emoción, lo carismático y una relación con Dios a través de menos intermediarios”, explica el sociólogo Alejandro Frigerio sobre las necesidades de las personas que en este punto parecerían haber cambiado.

Durante siglos las instituciones religiosas consideraron que las celebraciones efusivas, que poseían una fuerte apelación a lo corporal y a lo emotivo, eran contradictorias con la vivencia de una “fe madura, inteligente y seria”, cuenta De la Serna. Pero hoy los expertos explican que muchas personas se quejan del “intelectualismo religioso” por sentirlo frío y distante. De hecho la rama católica que más crece es la Renovación Carismática que incluye sanaciones y liberaciones de los “malos espíritus”.

Entonces, la mayoría de los creyentes reelaboran su identidad religiosa en diferentes momentos. Si tienen problemas de salud, van al culto Pentecostal; si es por trabajo, van a un culto umbanda, más allá de San Cayetano; si le duele algo van a un curandero, le dejan una botella al Gauchito Gil o a la Difunta Correa y si quieren festejar su bautismo o casamiento van al culto católico. Las identidades ya no son controladas por el liderazgo institucional, son construidas por el individuo que no cree que comete una falta sino que encuentra felicidad transitando distintos grupos. En la medida que se respeten, se fortalece la democracia.

“Dentro de este panorama algunos optan por formar parte de una experiencia religiosa comunitaria, más pequeña e intensa”, sostiene Mallimaci. Por eso quizá termine de comprenderse cómo es que 8 de cada 10 argentinos dice creer en Dios, pero de ellos alrededor de un 65 por ciento afirme creer en un “Dios personal”, ajeno al que describen las autoridades religiosas, tal como afirman estudios de la consultora privada Gallup.

Diariamente sólo la minoría de las personas católicas se comprometen con el trabajo en alguna Iglesia y cada vez más se alejan de los dogmas tradicionales de la corriente apostólica romana.

Apóstatas y agnósticos

En medio de esta transformación grupos ateos y apóstatas comienzan a hacer ruido. Tanto es así que Argatea actualmente está trabajando en un proyecto de ley que promueve un Estado laico. La impulsora de este reclamo es Cristina Ferreyra, quien se hizo conocida en noviembre de 2007 por ser pionera en el trámite de apostasía en la Argentina. El caso de Ferreyra es llamativo: fue bautizada, tomó la comunión, hizo la confirmación, se casó por Iglesia y bautizó a sus dos hijas. Hasta que se divorció y comenzó a hacerse preguntas.

“Desde entonces, estoy convencida de que tiene que haber una realidad construida desde el ateísmo –opina Ferreyra–, y esa realidad no es la que refleja el Anuario vaticano, interesado en inflar el número de fieles para obtener mayores beneficios ligados a una supuesta representatividad social que no responde a la realidad”. Con una postura totalmente frontal y analística, el padre De la Serna remarca que “perder la localia, y sentir que la Iglesia juega de visitante es muy bueno”. Según considera, el catolicismo así tiene por delante “un gran desafío al intentar darle respuestas a sus adeptos, antes que pretender el típico ‘amen’ frente a cualquier concepción que se vuelquen desde la doctrina.

Por otra parte, también existe un proyecto impulsado en la Cámara de Diputados para promover una ley de “libertad religiosa” y suplantar la vigente Ley 21.745, reglamentada durante la última dictadura militar. No obstante la mayoría de los expertos expone que no hace falta una nueva ley, sino terminar con algunos artículos de la legislación de los años de plomo que le otorgan privilegios al catolicismo, como la creación del obispado castrense impulsado por el gobierno menemista. Allí es donde Uranga propone reemplazar la normativa y el método vigente por una concepción de país con amplios derechos ciudadanos e igualitarios.

Dentro de las pérdidas del catolicismo, sólo un 5 por ciento se volcó directamente al ateísmo, según un estudio sobre actitudes del Conicet. El resto, llevó su fe lejos de las creencias cristianas. Entonces, el verdadero desafío de la Iglesia como institución no reside en frenar la estampida de ateos, a diferencia de lo que muchos piensan, sino en lograr que el progresismo encuentre una forma de apropiarse de la idea de Dios. Algo que parece difícil dentro de la cúpula episcopal argentina.

La discusión ya está en marcha. En sí, la cuestión ronda sobre dos frentes: si la religión continúa manteniendo los lineamientos ortodoxos y el silencio ante las problemáticas cotidianas (como en los casos de pedofilia, celibato y violación de los derechos humanos), más allá de las consecuencias que esto puede acarrear, o si atendiendo a los documentos del Concilio Vaticano II, la Conferencia de Medellín y Puebla, la institución recupera ese hito central volcado hacia la opción de los sectores más desposeídos de la sociedad.

Antes de continuar el teólogo Iván Petrella aclara: “Hay que separar el Vaticano de lo que pasa en las bases. Si vas a las villas del conurbano, casi siempre vas a ver una capilla católica que funciona como centro de asistencia social. Por este motivo, ha sido un error del progresismo dejar el campo de la religión exclusivamente en manos de los grupos conservadores”. A lo que apunta el pensador argentino doctorado en religión en Harvard es a abrir puertas, no cerrarlas simplemente por encasillar.

La Teología de la liberación es una corriente eclesiástica que, principalmente en la década del ‘70, logró unir problemáticas terrenales con la idea de Dios. La principal pregunta que se hacían los llamados sacerdotes del Tercer Mundo es cómo ser cristiano en un continente oprimido y cómo conseguir que la fe no fuera alienante, sino liberadora. En su mayoría, buena parte de los párrocos que aceptaban estas declaraciones fueron asesinados o desaparecidos. Desde entonces, la idea si bien se mantuvo, fue perdiendo terreno frente al capital simbólico de los sectores conservadores de una forma exclusiva.

Mismo hoy Ratzinger sostiene una férrea crítica hacia esa vertiente. El Papa considera que la Teología de la Liberación tiene “errores de forma”, como la adopción de una mirada “marxista”, “totalizante”, de “inmanentismo historicista” y “clasista”. Mientras tanto, el sostenimiento del dogma inquebrantable, junto con algunos intereses, no recula en sus víctimas. Como en todo Latinoamérica, la Iglesia de base sigue perdiendo feligreses y las consecuencias empiezan a sentirse.

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